sábado, 29 de septiembre de 2018

Las mil maravillas

"Ellos levantan la carpa sin importarle, funcionan. Los chicos se arriman primero. Después van hasta los médanos con el cuento de esas apariciones. Entonces se acercan en comitiva, el pueblo entero, que no siempre sobrepasa al gentío del circo, con el más viejo a la cabeza.
El circo “es” para ellos, aunque de dudosa materia. Mil y mil maravillas, nunca visto. Y siendo, se marcha. El más viejo señala con el dedo uno de los lejos y el carromato vaguea para donde apuntó. La arena se desliza en la cavidad de la huella, el viento la empareja. Fue y se fue. Pero quedan las figuras. Los chicos perinolean, farsetean, carpoforean. Dibujan leones en la arena con la punta de una ramita. Las mujeres se ensonian. Los hombres bembelan."

Mascaró, de Haroldo Conti


lunes, 11 de junio de 2018

Maruca, Sonia

"Sonia dormía la mayor parte del tiempo. Cuando estaba despierta se untaba el cuerpo con aceites y leches y pringosos compuestos de todos los colores. Eso le tomaba el resto, pues lo hacía con extrema lentitud, no exenta de placer, aparte de la envergadura de su cuerpo, que cada día aumentaba de tamaño. Lo curioso es que, cuanto más gorda, más liviana y más hermosa lucía. Aquel cuerpo, aun en reposo, se agitaba suavemente por dentro, empujando pequeñas ondas que se transportaban por debajo de su piel, recubierta de una tenue pelusa, con un brillo lechoso en lo extremo de cada redondez. Mientras los demás enflaquecían, se agrietaban, se oscurecían, Sonia encarnaba como una fruta que madura, más y más lozana, extravagantemente pitusa."
 Haroldo Conti, Mascaró. 

 Y un boceto de cómo va Maruca.

domingo, 22 de abril de 2018

Basilio Argimón


Basilio Argimón era de Solsona, un pueblito enterrado en una hondonada, al norte, desde el cual se veía un pedazo de cielo, en apariencia el mismo de siempre. La historia arranca de ahí pero después sigue muy mezclada porque cada pueblo, inclusive cada persona, le añade algo. En Felicaria, por ejemplo, dicen que nació “binario”, que tenía, tiene, cuerpo dehumano y alma de pajarito, de chingolo o “icancho” o “chuschín” precisamente, que es pajarito de buen agüero, no el “maimbé” o “zonzito”, que se le parece y que cuando canta atrae los vientos. Los que lo vieron en tierra, sin la mecánica, concuerdan en que es de muy poca carne, tiene unaporra negra en punta, como un copete, y camina a los saltitos, bien de chingolo. Ésos hablan como si no hubiesen pasado los años, porque en todo caso es la figura que tenía de chico, cuando se le metió la idea. Probablemente nació con ella, in nomine. Como sea, ya entonces se pasaba el día espiando a los pájaros, que en Solsona vuelan muy alto y raramente se posan. A los trece años construyó un barrilete japonés, el triple de los comunes, con un arnés de bayeta y se arrojó desde el campanario de la iglesia de Santa Olimpia, viuda, a cuya devoción está consagrada la de Solsona, que luce una torre en punta, muy alta, como toda casa de respeto en ese pueblo, porque es un lugar estrecho, en lo hondo de la piedra. Por suerte cayó sobre una palmera de cáñamo en la China. Aunque se rompió un par de huesos, planeó algunos metros. Cojeó un tiempo y se apartó aún más de la gente, porque ya era de ese natural. Ahora se pasaba el día en lo alto de las piedras, lo cual no es bueno. Pero él entendía la lengua, la aprendió en todos esos años, y hablaba con ellas. Ahí observaba el cielo y los pájaros más de cerca y ya entonces sólo reconocía a la gente desde arriba. Con tanto subir y bajar se hizo más livianito. Probó otra vez ya de hombre. Más científico. El ingenio consistía en un corselete de cuero en el cual encajaba unas alas plegables de tela encerada, con envarillado de cañas, sujetas asimismo a los brazos con una culebra de tiento. Otro trozo de tela envarillada unía las piernas y hacía el efecto de una cola. La cabeza iba protegida por un casco también de cuero que por delante le cubría hasta la nariz y tenía unos vidrios en el sitio de los ojos. Argimón probó este traje de vuelo en la festividad de Santa Olimpia, el 17 de diciembre. Subió a la piedra más alta, en la madrugada, se encajó el traje, lo cual le llevaba tiempo, y en mitad de la procesión se descolgó de un salto apuntando al centro de Solsona. Esta vez fue a golpear contra el paredón opuesto de la hondonada pero sobrevoló el pueblo, pasó con un extravagante zumbido sobre la procesión y probablemente se vino abajo tan de repente porque cuando planeaba por encima de la imagen de Santa Olimpia se le ocurrió persignarse. El pueblo lo siguió a los gritos, con los cirios y la santa imagen a la carrera. El notario Crisólogo Bajarlía levantó un acta para atestiguar en autos que el ciudadano Basilio Argimón perpetró de prima facie un vuelo absolutamente aéreo el 17 de diciembre de 1943. Un tal suceso reavivó las patrióticas rivalidades entre Solsona y los pueblos vecinos que para los solsones, encajados en la piedra, eran extranjeros, sobre todo los desgraciados de Paso Viejo, que alardeaban porque tenían una banda lisa, un carro de riego, una mesa de billar y, por algo, una comisaría. El domingo de Cuaresma el párroco de Paso Viejo, cuya iglesia apenas contaba con una miserable espadaña de ladrillos, pidió que se tramaran fuertes oraciones por los vecinos de Solsona que se entregaban a prácticas descabelladas no sólo destinadas a fomentar la discordia entre hermanos, sino a contrariar el orden de rerum naturae con el desorden de rerum novarum. Los rurales bajaron a Solsona, le volvieron a romper los huesos a Argimón, que recién se reponía, confiscaron el traje de vuelo, prohibieron la crianza de pájaros y toda ave que remontara y se culearon a varias señoras por alentar aquellas prácticas o por si acaso. El notario Bajarlía fue encausado por abuso de función pública, libelo y apología de la subversión, que de eso se trataba finalmente, porquela alteración del orden natural predispone a la alteración del orden establecido. Basilio Argimón, apenas recompuesto, huyó a los saltitos de Solsona y a partir de entonces vivió entre las piedras, como los grandes pájaros. Ahí empieza la leyenda o, por lo menos, la confusión. Algunos aseguraban haberlo visto en vuelo a la costa, otro que había muerto y encarnado en un “curabí-bemimbí, chiflón” o “flauta del sol”, que anuncia los cambios de tiempo, pero ya era poco pájaro para él, y otros que moraban en la montaña donde tramaba una formidable máquina de vuelo de enorme ciencia. Como fuese, lo más probable es que persistiera en la empresa, porque era un verdadero artista. Con el tiempo lo olvidaron casi todos como persona de cuerpo, aunque quedó la costumbre de soltar una torcaza para la fiesta de Santa Olimpia, durante la procesión, inicialmente en señal de protesta. Y fue así que para cinco años después, puntualmente el 17 de diciembre y en el momento en que sacaban de la iglesia a Santa Olimpia, los vecinos vieron a aquel descomunal pajarraco que se abatía desde lo alto de las piedras y después sintieron el ruidito ese a molienda y Basilio Argimón surcó todo volante y esta vez se persignó sin precipitarse y volvió sobre los gritos y ejecutó varios giros y a cada vecino que le pedía le pasaba por encima, porque la sombra de lospájaros trae suerte, y finalmente todos se pusieron en fila y con licencia de Santa Olimpia los pasó de una vez. Después remontó y se fue yendo, fue, sobre Paso Viejo, para constancia, donde los rurales le despacharon algunos tiros, sobre Malabrigo y Pelicaria y Unión y Las Víboras y Antequeras. Todos esos pueblos, y otros en los que aparece de golpe. Una tarde voló sobre Tapado. El maestro Cernuda le echó un discurso en el cual hablaba a la carrera de un tal señor Icario. Argimón aguantó colgado del aire todo lo que pudo, dando unas vueltitas muy empinadas o bien yendo de una punta a otra de la calle con el maestro que lo seguía por debajo, mientras el padre Ignacio Zárate, que todavía estaba en el pueblo, trataba de rociarlo con agua bendita, desde la torre de la iglesia de Santa Margarita María de Alacoque y el viejo Ponce tocaba el Angelus.
—¿No baja nunca?
—No en poblado.
—Por errante que sea, debe vivir en alguna parte, teniendo en cuenta su condición mecánica.
—No se le conoce casa de asiento o cosa así, si te refieres a eso.
—Una piedra, un árbol, un tejado. Cualquier fijadero.
—No, que se sepa… Cada tanto vuelve a Solsona, ronda por ahí.
—Solsona…
Aquel nombre comenzaba a crecer como un fuego en la cabeza del Príncipe.
—En los primeros tiempos lo hacía para la festividad de Santa Olimpia. Pero después lo hicieron también los rurales.
—¿Qué tienen contra él?
—Dicen que trastorna a la gente, que contribuye, que utiliza un espacio del Estado, que mea en lugares abiertos, que no se ajusta a regla ni estatuto, ni hay precedentes y que, por tanto, ni siquiera existe.
—Por eso no le aciertan. Le falta hábeas corpus.
El Príncipe trepó al techo y estuvo mirando un rato en la dirección por la que había desaparecido Basilio Argimón, pero no vio más que sombras.
—¿Qué te parece como número? —preguntó a Oreste, que estaba echado en el techo.
—Habría que agrandar unos metros la carpa.
—El espectáculo más sensacional del mundo, nunca jamás visto: ¡El Hombre-Pájaro Basilio Argimón, maestro de vuelo, en primera persona!… —gritó el Príncipe a las sombras—. Se prohíbe la entrada de rurales.
Volvió a sentarse en el pescante, entre Farseto y Boca Torcida, que sostenía las riendas medio dormido.
—Me pregunto cómo lo hizo —dijo por lo bajo, porque ésa era la idea que le rondaba desde el mismo momento que apareció aquel pájaro.
—Tú lo has visto —dijo Farseto.
—Digo que debe haber un modo de descarnarse, de pasar de una forma a otra, de ser pájaro, piedra o planta, a voluntad, como hay una manera de ser Príncipe. ¿Tú qué quieres ser?
—Un trapecista, como cualquiera de los hermanos Laporte. Aunque sea un poco menos —respondió Farseto, algo confundido.
—¿Lo quieres de verdad, o lo evocas nomás?
—Bueno, es un embrollo…
—Hay un alma común a partir de la cual, por aliento, salen las cosas. Uno puede volver a esa alma y pasar a otra consistencia.
—No entiendo nada, francamente.
—No al modo físico, sino por ensalmo… ¿Tú qué dices, Oreste?
—Es tu modo de ver las cosas —dijo Oreste desde el techo—. El armatoste ese no es una novedad. Se parece al planóforo de Penaud, pero sobre todo al aparato volador de Lilienthal.
—Nada que ver. Además, eran un par de locos, y posiblemente magos, como Basilio Argimón.
—La Sociedad Británica de Aeronáutica ha ofrecido cinco mil libras al primero que consiga realizar un vuelo de una milla basado sobre el principio del aleteo continuo e impulsado por su propia fuerza. Un tal Hartman alcanzó ya media milla a una altura de cincuenta pies.
—Los ingleses siempre tuercen las cosas. Además, ¿con qué medios y qué ciencia de cálculo podría hacerlo Argimón?
—¿Cómo hiciste tú este circo?
—No tiene relación. Y si la tiene, sucede que no es el intríngulis. Por otra parte, ¿cómo se te ocurre hablar de una puta Sociedad Británica de Aeronáutica en este lugar? ¿No es eso todavía más loco?
—¿Qué no lo es a esta altura?
—Así y todo, resulta bastante más probable de este modo, por oscuras que sean las palabras —siguió el Príncipe explicándole a Farseto, un pocoresentido y hasta desilusionado con Oreste—. Argimón debe haber dado con el quinto elemento, el cual enlaza los cuerpos terrestres con los celestes, y como dice el Trismegisto, separó lo sutil de lo burdo, suavemente, y con el alma de la caña, la tela, el metal y su propia alma, que son la misma identidad, compuso un pájaro.
—No sé de qué hablas ni conozco a ese señor Trigémino… Aquí todo proviene de la tierra, lo demás nada es fijo. Hay piedras que caminan,árboles que enyetan, lagunas que se embroncan, los humanos a veces son animales y los animales a veces son personas, sobre todo los pájaros, como el “crespín” o el “cacuy” o el “chajá”, y además hay cosos, fantasmones, que no se sabe muy bien qué son lo que son, como el “Coquena”, que persigue a los cazadores de vicuñas, o el “Kaparilo”, que es el ruido de los bosques. ¿A eso te refieres?
—Más o menos.
Callaron. El carromato con los ángeles anochecidos rodaba en la oscuridad más negra, pero si uno miraba hacia arriba, como lo hacía Oreste, que estaba tumbado en el techo en la más pura contemplación de aquellas desencajadas estrellas que allí parecen más grandes y más bajas, advertía una claridad espectral que se iba metiendo en el cuerpo y cubría los bultos de una fina ceniza. Algunas estrellas, de un color encarnado, temblaban como la llamita de un pabilo. La verdadera oscuridad estaba a ras de la tierra.
—De un modo u otro, Basilio Argimón se salió con la suya —dijo la voz del Príncipe por allí adelante, en un tonito que inducía a sospechas.
—¿Qué te preocupa? —preguntó la voz de Oreste más arriba, adivinándole la intención—. Lo mismo se puede decir de ti. ¿Acaso no querías ser un Príncipe?
—Sí, eso quise… Justamente es una forma que proviene de la tierra, pero no tiene reposo.
—¿Qué forma es ésa? —preguntó Farseto con alarma, pensando si acaso no había tropezado con algún alma en pena o toda una banda de ellas.
—El camino. No pienses otra cosa. Todos los caminos.
Callaron definitivamente.

 Haroldo Conti. "Mascaró, el cazador americano".

jueves, 19 de abril de 2018

La Bailarina Oriental

"Pero se enciende un neblinoso color rosado, suenan las Czardas, de
Monti, por Janos Makarenko con su Orquesta Gitana, y cual una aparición, de
las carnales, surge con alado rumor Sonia la Bailarina Oriental, agitándose y
contoneándose de tan sabia, metódica y umbilical manera que se promueve
una erección general. Ahora el bombachón es transparente, dejando entrever
por debajo un culote negro estrechamente encajado en sus carnes y por
arriba unos sostenes en forma de media luna que acarrean sus turbulentos
pechos como dos bandejas. Bailotea descalza, toda pimpinante, pues lleva un
brazalete de campanillas en muñecas y tobillos. El baile le brota de adentro
del cuerpo, sacude y comprime cada uno de sus tejidos, sin agitarlo, apenas
semoviente. En tal consiste la maravilla, lo oblicuo, esbozado, muy del diablo.
Comanda unos velos que la circulan, acomodan y completan la figura del
baile." 

martes, 27 de febrero de 2018

Scarpa


"—Los verdaderos magistas ni siquiera se dan cuenta de que son tal cosa
—dice el Príncipe.
—En efecto —confirma Scarpa sacudiendo la cabeza y entrecerrando los
ojos, aunque no entiende muy bien a qué se refiere el otro."